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Control de plagas

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Me mudé de casa hace unos meses. Desde entonces sufro una jodida plaga de cucarachas. Da igual lo que haga. Ahí siguen. Reaparecen y no hay manera de exterminarlas. Pero cuando lo pienso fríamente, la plaga no es solo de cucarachas.

Constantemente y a mi alrededor estoy sufriendo plagas. Dios envió 10 al pueblo egipcio. Pero no solo esas 10 plagas han azotado a la humanidad. Aparecen nuevas aún peores que las bíblicas como esos canis con sus teléfonos móviles poniendo música en los autobuses a toda pastilla para todo el mundo. O esos pijos hablando como si les hubieran metido una zapatilla en la boca y jurando por Snoopy.

Pero ya he ideado una manera de acabar con todas estas plagas… con un nuevo y maravilloso conjunto de Tribu-urbanicidas:

Hipster Anikill

Mundo cabreado

Me gusta reírme. Hay pocas cosas que me gusten más. Por ende, soy un bromista nato. Últimamente no sé qué ocurre. Quizá es que me estoy volviendo un poquito cabrón, o quizá es que el mundo en general parece andar bastante cabreado y no soporta mucho que le tomen el pelo. Así que cada una de mis últimas bromas, ha afectado a las “victimas” como si de algo horrible y personal se tratara. Solo espero que al llegar a casa, le hayan contado a alguien lo que les ha ocurrido y ese alguien se haya reído y les haya dicho:

−Pues la verdad es que tiene gracia.−

Y la “victima” haya recapacitado y después sonreído. Pero claro, hay tantas verdades como seres humanos. Y cada una de esas verdades es bien diferente según quien la cuente. Algunos de mis últimos intentos de echar unas risas han sido:

Toma 1:

Estoy en el Brico Depôt buscando algunas cosas que necesito para un trabajo. Veo una enorme cabina de hidromasaje y me meto en ella, por el gusto de verla. Una vez dentro, me percato de que parece que estoy en el “Enterprise” (la nave de Star Trek para los poco frikis). Empiezo a toquetearle todos los botones y ruedecitas que tiene y a emitir ruiditos con la boca (si, cuando me meto en el papel, soy así de friki). De repente, siento que alguien está golpeando en la puerta. Me giro y es un dependiente el cual tras abrirle me dice:

−¿Qué haces ahí dentro?−

Y yo sin ningún tipo de filtro, le suelto lo primero que se me pasa por la cabeza (pensado – dicho):

−Estoy intentando tele transportarme a la bañera de mi casa−

El dependiente me invita muy finamente a que me vaya a tomar por culo.

Toma 2:

Una amiga me manda un correo electrónico para tratar de quedar para echarnos un café. Ella está estudiando una carrera y escribe realmente bien. De hecho, a veces me ha amonestado por mis faltas de ortografía. Se ve que aquella mañana me escribió el correo recién levantada y no prestó excesiva atención de lo que ponía porque el texto estaba infestado de faltas. Pegué el texto en el Word para que me resaltara los errores ortográficos e hice una captura de pantalla, la cual adjunté a la respuesta al correo. En la respuesta le puse que no me escribiera más así que me daba vergüenza ajena. A parte de eso, le adjunté un “cuadernillo Rubio” para que se lo imprimiera y practicara. Uno de los más básicos que encontré que consistía en trazar vocales y consonantes. Para culminar el correo le puse literalmente:

“He buscado 1 que se adaptara a tu nivel. Si lo ves demasiado avanzado, me lo dices y ya buscamos otra solución.”

El resultado fue que me retiró la palabra durante algunas semanas.

Toma 3:

Estoy en el Carrefour de Granada. (El de Armilla para más exactitud). Por la distribución de dicho supermercado, es fantástico para realizar una broma muy antigua. Tiene un pasillo central enorme. Mucha gente deja el carro en el central y accede a los pasillos laterales a coger cosas. En ese momento, yo le echo como el que no quiere la cosa una caja de condones y después los persigo disimuladamente hasta las cajas a ver sus reacciones. Hace poco me pilló un hombre dejando caer la caja al carro. Me han pillado mil veces. Pero jamás la cosa había pasado de un:

−Te he pillado. Toma anda y vas y se la metes a otro.−

Este hombre casi me tira un bote (que no se si era de pepinillos, o de banderillas) a la cabeza. Hijo de puta fue lo más suavito que me dijo.

Sólo me queda decir que ojala hubiera más Twinsen en el mundo. De esos que tratan de fastidiarme con sus constantes “está intentando amarrar el barco en el puerto de Santiago”. O más mujeres de esas que son 100% conscientes de que la frase que van a decir va a ser malinterpretada y aun así sueltan cosas como: “César, tenía un cura entre mis piernas”.

Maldito

Libro

Hay cosas de las que muchas veces me quiero deshacer. Es el caso de ese libro de arriba. Pero parece que al igual que el demonio de la botella, me va a mantener maldito durante mucho tiempo. No quiero tirarlo a la basura. Lo que realmente me gustaría es que alguien se lo llevara y continuara escribiendo en la misma tónica. Historias cortas. Cuando se cansara, que se lo pasara al siguiente. No me importa donde acabe. Pero todo aquel que lo pille, podría leer todo lo que escribieron sus antecesores.

He tratado de deshacerme de él 2 veces. La primera, alguien trato de llevárselo. Pero como tenía pocas hojas escritas (ahora tiene un buen puñado) me lo devolvió para que lo completara. Ahora, esa persona va a necesitar mucha suerte para poder volver a conseguir ese libro. Y la verdad es que la mayoría de la gente “no está preparada para estar a la altura del azar”. El viernes pasado trate de deshacerme de él de nuevo de una manera muy curiosa.

Mientras paseaba con Twinsen a la deriva por las calles de la ciudad dos mujeres nos detuvieron. Tras quitarnos de la cabeza la idea preconcebida de que esa noche tendríamos sexo (¿sexo fácil y sin compromiso? ¿¡Dónde hay que firmar!?) nos propusieron un trato. Llevaban una funda de unas gafas; nos dijeron que nos cambiaban la funda por cualquier cosa que lleváramos encima que nosotros creyéramos que podía tener un valor tanto económico como sentimental similar a aquella funda. Una cartera vacía… cualquier cosa. Pero chica, llevo encima solo lo justo. La cartera, mis llaves y el iPhone. Después de un breve intento de convencernos de que estaban intentando demostrar que la gente no se mueve por dinero, tuvimos que dejarlas allí sin intercambio ya que nada llevábamos encima que poder entregar.

No obstante, mi casa no quedaba excesivamente lejos. Por lo que decidimos ir a buscar algo para poder darles. Tras pensar un poco que intercambiar, lo único que se me ocurrió fue el libro. Lo cogí y nos tiramos a la calle en misión de búsqueda y captura, como aquel que ha encontrado la aguja del pajar, y ha tenido la mala suerte de que se le ha caído en él nuevamente y le toca volver a encontrarla. No hubo manera de dar con ellas, a pesar de que encontramos otra gente que ya las había visto, tratando de intercambiar un vaso de plástico.

El libro vuelve a estar en su sitio, esperando a que alguien venga y me diga:

−Dámelo que continúe yo escribiéndolo.−

Y mientras, yo sigo aquí, maldito.

Mi vida en el Miniamerica

storyComo algunos sabéis, llevo todo este curso lectivo conviviendo con 2 muchachos norte americanos. Uno de ellos se fue hace un par de semanas. El otro aún se encuentra aquí, al menos durante este mes. Y el otro día le tocó enfrentarse a algo que suele resultarnos bastante complicado a todos. Vino su novia acompañada de su “suegra” a la cual aun no conocía, a pasar unos días en el piso. Como por línea general mi vida suele tratar sobre mí (si señoras y señores, niños y niñas, monos culebras y guepardos soy así de egocentrista, que le vamos a hacer xD) voy a relatar esto desde mi punto de vista.

La “fiesta” comenzó el sábado. La casa tenía que estar impecable. Así que me levanté tempranito para encargarme de la cocina y los baños. Tras combatir con monstruos gigantes dentro de la cocina entre ellos los más grandes: uno fabricado de bolsas de plástico dentro de un armario con manos de Mercadona, cabeza de el Corte Inglés, un pie de Eroski y un ojo de Berska y otro monstruo que habitaba dentro del frigorífico.

Tras dejar la casa como una patena, y tras algún que otro retoque al día siguiente, solo quedaba esperar a la llegada. Llegaban justo a la hora en la que yo suelo salir a correr. Así que así fue. Me fui a correr y al volver allí estaban los 3 sentados en el salón. Y aquí comienza la historia.

Yo entre en el salón y como americanos que era lo único que allí había hasta el momento, presupuse que aquello sería como una típica serie americana. Una de esas de sobremesa tipo “cosas de casa”. Así que al entrar yo, espere ese potente estruendo, ese estallido de silbidos y aplausos que se da cuando entra alguien de interés. No se produjo. Espere que en aquel “capitulo”, la suegra venida de otro lugar odiara a muerte al yerno y cada vez que abriera la boca, fuera para soltar un comentario sarcástico que haría que todo el público se partiera de risa. Y mientras, el yerno solo intentara satisfacerla y caerle bien, y con cada intento la cagara un poquito y sonaran de fondo ese tropel de risas enlatadas. Que de vez en cuando entraran por la puerta un montón de amigos o vecinos que parece ser que no se dedican a nada en la vida más que a venir a tratar de meternos en alguna aventura absurda. Y tras una aventura secundaria y todos los errores cometidos por mi compañero de piso. Acabara la suegra diciéndole que fuera él mismo y que si realmente quería a su hija, ella lo veía perfecto. Así esperaba yo que fuera el día. Como en una comedia americana. Con un increíble montón de amigos que se preocupan por lo que me sucede, y unas conversaciones plagadas de frases y palabras geniales y espontáneas. Y que hubiera un buen motón de chicas guapas circulando por todas partes. Pero no es así.

Dada la circunstancia, empiezo a creer que necesito unos cuantos guionistas para mi vida.

Miedo

Blade Runner

Uno de mis nuevos twitteros, @pixelillo, hablaba el otro día en su blog acerca de la valentía. Hoy hablaré yo, pero no será de la valentía si no, del miedo.

El sábado por la mañana (29 de Mayo de 2010) mientras volvía con mis compañeros de un breve viaje, entre risas y tonterías, alguien pronunció una verdad. Y no importó mucho quien la dijo; solo era el portavoz de un pensamiento unísono: Tenemos miedo a perder el trabajo. Si, tenemos miedo. Miedo a no poder pagar el lugar en el que vivimos, ya que parece ser que para disponer de un trozo de tierra en este planeta “de todos” hay que pagar por ello. Tenemos miedo a perder todo ese conjunto de “commodities” que nos brinda esta sociedad. Tenemos miedo en definitiva de tener que descender en el escalafón, de tener que abandonar la llamada “clase media” y perder ese coche a pagar en 5 años, ese ordenador de sobremesa y su correspondiente portátil a pagar en 2 y esa cámara de fotos junto con la tele plana a pagar en 1. Cosas que nos venden aquellos que están allí arriba porque nosotros los pusimos allí y a los que ahora debemos temer. Ese es el precio de cada cosa. Y ya no se paga con dinero. Ahora se paga con miedo.

Acabaré con una cita de una película a la que le tengo especial cariño. Se trata de Blade Runner. Tras una larga e intensa persecución del replicante Roy, Deckard acaba agarrado a una cornisa. Y Roy, desde la azotea, se pone en cuclillas, mira a Deckard y le dice:

¿Sabes lo que es vivir con miedo? Pues en eso consiste ser un esclavo.